STAR WARS: LOS ÚLTIMOS JEDI | EL PASADO DEBE MORIR

A pesar de sus sombras, la luz de los últimos Jedi es intensa, y pondrá en un aprieto nuestra concepción de la historia, algo que siempre es de agradecer.

STAR WARS

Con Diciembre bien entrado empezamos a saber que llega el tiempo navideño, pero también nos hemos acostumbrado a que el último mes del año nos traiga una nueva entrega de la saga galáctica más conocida. Desde la adquisición de Lucasfilm por parte de Disney han conseguido reventar las taquillas de los cines a la par que el sueldo de las familias por el abundante merchandising preparado para el tiempo navideño. Probablemente la elección de esta fecha tan señalada sea un indicio de su inmejorable técnica publicitaria. El periodo navideño tiene una doble vertiente: la apoteosis del capitalismo frente a la tradición religiosa. En Star Wars se dan ambos elementos, por un lado la ingente cantidad de dinero que mueve este fenómeno de masas; por otro nos encontramos con una base profundamente mística basada en la tradición y la nostalgia.

Más allá de este breve análisis del contexto nos enfrentamos a la octava entrega de la epopeya galáctica más conocida. Rian Johnson ha sido el encargado de recoger el testigo entregado por J.J. Abrahams y El Despertar de la Fuerza (2015), la continuación de la saga que seguía la historia tras la caída del Imperio Galáctico. En la anterior cinta conocimos cómo el Lado Oscuro se alzaba de nuevo bajo el nombre de la Primera Orden comandada por un fantasmagórico Líder Supremo Snoke (Andy Serkis) y su aprendiz Kylo Ren (Adam Driver). Frente a ellos, la Rebelión sacaba pecho con el piloto de la Resistencia, Poe Dameron (Oscar Isaacs); el desertor de la Primera Orden, Finn (John Boyega); y la chatarrera de Jakku, Rey (Daisy Ridley); mientras buscaban el paradero del desaparecido Luke Skywalker (Mark Hamill).

Pues bien, Los últimos Jedi (2017) supone llegar a tierra desconocida hasta el momento. Si una de las principales críticas que se le podían achacar al film de Abrahams era su enfoque más cercano a un remake de Una Nueva Esperanza (1977) que a una nueva visión de la galaxia creada por George Lucas, Johnson pone fin a todo eso haciendo borrón y cuenta nueva. Esta idea aparecerá repetida casi a modo de mantra dentro de la película en boca de Kylo Ren: “Que el pasado muera. Mátalo. Sólo así serás lo que debes ser”, con una especial propensión a “matar al padre”, usando el término lacaniano. Con esta idea, el director hace suyo el universo Star Wars sin dejar de apelar al corazoncito del fan de la saga, que se verán recompensados con ciertos guiños que pondrán la piel de gallina a los más nostálgicos. Esta idea de ruptura pondrá en un serio aprieto no sólo a los personajes de la película sino al espectador que puede encontrarse a veces en tierra de nadie.

Los 152 minutos de película -que la convierten en la más extensa de las ocho- pueden parecer abrumadores, y creo que todos podemos convenir que quizás es algo excesivo, recreándose en historias paralelas que pueden llegar a desesperar al espectador. Es el caso las secuencias de la ciudad de Canto Bight, que sirven de pretexto para añadir una serie de cuestiones sociopolíticas de gran compromiso en las que el director se moja abiertamente tales como las desigualdades sociales, la venta de armas o la explotación animal. En ciertos momentos estos temas quedan eclipsados por el ambiente puramente fantasioso del casino que recuerda a la mejor época inventiva e infantiloide de George Lucas. Tal vez el aspecto menos atractivo de Los últimos Jedi sean los golpes de humor facilón que parecen estar convirtiéndose en una marca de la factoría Disney diseñados para aliviar la presión emocional del film pero que bajan drásticamente en nivel de ésta.

En cambio, el despliegue visual expuesto por Johnson en la película es realmente abrumador, con planos que pasarán a la historia de esta saga y que son deudores del mejor cine bélico de los últimos veinte años. El cromatismo destaca por su vivacidad, con unos rojos espectaculares como los de la salina de Crait, la guardia pretoriana de Snoke o el salón del trono del mismo. Las batallas espaciales están cargadas de la épica inaugurada por Rogue One (2016), en la que cada soldado cuenta y no se trata de una extra más para historia general, sino de personajes con convicciones que se entregan en pos de un ideal. Esa es la idea que se quiere transmitir de la Resistencia basada en la solidaridad, la esperanza o el sacrificio y en la que tanto la General Leia (Carrie Fisher, tristemente fallecida la pasada navidad) -para todo nosotros siempre será Princesa-, como la Vicealmirante Holdo (una brillante Laura Dern) inciden: “Somos la chispa que encenderá la mecha que acabará con la Primera Orden”. Serán estas dos mujeres quienes capitaneen a una Resistencia que parecía triunfadora tras los hechos de la base Starkiller y que ahora se bate en retirada muy mermada, algo que nos recuerda a la mítica El Imperio Contraataca (1980).

La película se mueve con gusto entre los grises que quedan plasmados en la indumentaria de Rey, así como en los parlamentos de varios personajes. La línea que distingue entre buenos y malos es tan delgada que a veces se tocan, tan real como la vida misma. La carga metafísica del film tiene en la isla sagrada de Acht-To su núcleo central, algo que puede ser percibido con los planos aéreos del paisaje o los intensos juegos lumínicos. Aquí es donde se ha retirado un temeroso Luke Skywalker que renuncia al mito y la leyenda. Mark Hamill borda al mejor Luke de toda la saga, convertido en un personaje contradictorio, huraño y desencantado con el mundo, vencido por su fracaso como maestro -los diálogos sobre lo que supone ser maestro son de una finura y sabiduría inigualables-, que sigue necesitando encontrar su lugar en la historia, el mismo que busca Rey. En esta isla habitada por seres extraordinarios (a excepción de los Porg, una especie de ave con apariencia adorable pero absolutamente innecesarios para la historia salvo para hacer caja con su venta), se concentra todo el potencial de la Fuerza con la mejor explicación de esta antigua religión desde su origen. Con una sucesión de planos de la naturaleza –de un gusto extraordinario en el montaje- se muestra el equilibrio entre la creación y la destrucción, como una fuerza natural que conecta las cosas, algo similar al Realismo Especulativo expuesto hace unos años por el pensador Graham Harman. La Fuerza no se reduce en “mover piedras”, y en pos de esa explicación más metafísica Rian Johnson nos muestra nuevos poderes que se pueden desarrollar por los conocedores de ella. Salvando una escena que resulta absolutamente prescindible y que dejará a más de un espectador bastante descuadrado, la Fuerza se muestra en su absoluto potencial, por lo que es recomendable dejarse llevar por ella y disfrutar de las escenas protagonizadas tanto por Luke como por Rey y Kylo Ren.

A pesar de sus sombras, la luz de los últimos Jedi es intensa, y pondrá en un aprieto nuestra concepción de la historia, algo que siempre es de agradecer. Los últimos Jedi es una bisagra, y no por ser la octava película de la saga, entre el episodio VII y IX de esta última trilogía, sino porque al fin es la brecha que parte con el mito Star Wars en una clara metarreferencialidad a sí misma. Para bien o para mal, hay un nuevo jefe en una galaxia muy, muy lejana y por el momento deja muchas preguntas sin responder mientras que pasa página hacia un futuro donde las nuevas generaciones toman el relevo: ellos serán la chispa que mantenga viva Star Wars. ■

 

Imagen: Fotograma de Star Wars: Los últimos Jedi (2017).