RESPIRAR, ¿ES ÚTIL?

respirar

Resulta ya inherente al ámbito del estudio humanístico -más proclive, incluso, en las artes- ese escepticismo de carácter pragmático que conforma su periferia. ¿A qué estudiante de antropología, filología, bellas artes, historia, música o filosofía no le han preguntado alguna vez aquello de: ‘oye, ¿eso qué salidas tiene?’.

Este tipo de cuestiones derivan hacia la típica y reiterativa discusión en torno al impacto socioeconómico real que se supone difiere entre las ciencias y las humanidades. En este sentido, cuando empleamos la acepción típica nos referimos a ese juego de oposición o rivalidad absurda que siguen los componentes de ambos bandos, basado en la misma tendencia al descrédito que impera entre dos aficionados de equipos de fútbol antagonistas: enemistad per se, sin atender a cuestiones deductivas, y por tanto razonables. De un modo dispar a este denigrante criterio del que gozan todos los participantes de este tipo de discusiones banales (más parecido a una disputa de bar que a una verdadera permuta de ideas), debemos destacar la relevancia de la que goza esta confrontación de maneras de entender el mundo en la actualidad desde una tendencia de reflexión y propósito a un nivel más global, atendiendo al contexto de crisis global en el que vivimos hoy día. Todo ello se acrecienta además con la conducta prácticamente autodestructiva de la que gozan las universidades españolas, empeñadas no sólo en hacer hincapié en la diferencia que existe entre los estudios de ciencias y las humanidades -o incluso plantearse el eliminar estudios como filosofía y arte de forma tajante-, sino que las propias humanidades se encargan de fragmentarse por sí mismas, obviando la vinculación tan rica que existe entre ellas. Por poner esta idea de manifiesto: mientras que un estudiante de Bellas Artes en Sevilla rara vez estudiará algo ajeno a las artes plásticas basadas en la sintaxis de la imagen, en los países anglosajones se encargan de cultivar los estudios de la imagen donde conectan historia, sociología, antropología, filosofía y arte. Pero de esta cuestión nos encargaremos en otra ocasión. De momento consideramos que cobra una soberana significación el reflexionar acerca de un concepto concreto del cual parte toda esta controversia: la UTILIDAD.

A propósito rescatamos un fragmento del prólogo que pertenece al manifiesto La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine:

Existen saberes que son fines en sí mismos y que (por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial) ejercen un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. [1]

Queda explícito el mensaje: El saber -ajeno a lo pragmático/comercial- como herramienta para la labor de progreso espiritual y cultural, así como arma contra el delirio de supremacía del utilitarismo, es decir, el instrumentalismo del saber y del aprender, de igual forma que la hegemonía dictatorial del beneficio y la posesión. Las artes, al igual que la filosofía o el estudio de la historia -ejercicios a priori exentos de plusvalía capitalista-, resultan el antídoto perfecto que garantiza la inmunidad ante el carácter virulento de la ganancia y el provecho. Un antídoto –en palabras de Ordine- contra la “barbarie de lo útil que ha llegado a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos”[2].

Ya Aristóteles aclaraba en su Metafísica que el verdadero objetivo del conocimiento y la sabiduría no es otro que ‘huir de la ignorancia’, más allá de la búsqueda de una utilidad -productiva- concreta.Pero lo peor no es la ignorancia en sí, sino el hecho de aceptarla aun habiendo percibido su presencia sobre nosotros. Esta actitud de desidia es llevada a cabo por aquellos conocidos como “nuevos bárbaros de nuestro siglo”[3]los cuales no tienen nada que ver con esos extranjeros de culturas ajenas a las nuestras sino que forman parte de nuestra estirpe; son autóctonos miserables e insensibles ante los valores que conforman las artes liberales que han consolidado nuestra democracia.

Consideramos que esta predilección por el producto tangible, medible y ante todo, rentable, ha derivado en una tendencia calamitosa que afecta directamente al órgano que se supone debe ser el principal productor de conocimiento: la universidad. Hoy día se podrían definir a las universidades como meras empresas fundadas en base a una especie de clientelismo a las que el alumnado acude en busca de un documento oficial que acredite ya no su aprendizaje, sino el mero hecho de haber pasado por allí -si bien, en teoría, haber adquirido los conocimientos adecuados- para poder acceder al mundo mercantil. Al mismo tiempo, el profesorado se ha convertido en el personal burocrático al servicio de dichas empresas, doblegando el papel de pensador/educador a un segundo plano, llegando a condenar dicho papel al ostracismo casi absoluto. Este ambiente, característico de todo aquello corroído por la carcoma se debe, precisamente, a la imposición autoritaria del utilitarismo en todos los campos posibles. Prevalece así la búsqueda exhaustiva de un resultado que se pueda pesar y medir, de modo que ese producto final justifique, en cuanto a nivel de utilidad, la gran inversión que ha habido detrás. Henry Newman[4] ya nos invitaría a hacernos la pregunta clave: ¿Con qué se justifican los gastos de una universidad? ¿Cuál es el valor en el mercado del artículo llamado ‘educación liberal’? Evidentemente, para todo aquel que realiza estudios artísticos y/o filosóficos, estas cuestiones gozan de una amplia cantidad de análisis y cavilaciones sobre el tema.

Pero esta es una revista dedicada principalmente a las artes, por tanto centrémonos en ello. ¿Cuál es el papel de las artes en todo esto? Para ello debemos situarnos en el contexto a raíz del cual surge el nombre de esta revista: Un periodista le pidió una vez a Marcel Duchamp que resumiese su existencia -en cuanto artista- en algunas palabras breves, a lo que él respondió que se había servido del arte para establecer un cierto modo de vida, buscando hacer de su ‘manera de respirar’, una especie de tableau vivant:

Me gusta más vivir y respirar que trabajar (…) mi arte consistiría en vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no está inscrita en ninguna parte, que no es ni visual ni cerebral, y sin embargo existe. [5]

Duchamp se definía por tanto, no como artista, sino como un RESPIRADOR. Más tarde, a la pregunta acerca de la obra artística de la cual estaba más satisfecho respondió: “El empleo de mi tiempo”. Este respirador, pensador precoz en asumir las cuestiones lógicas y éticas de la modernidad, entendió el arte como la única actividad por la cual el hombre como tal se manifiesta como un verdadero individuo, y se sirvió de él como un terreno de experiencias, es decir, se convirtió él mismo en su obra principal.

Por ello, afirmamos fervientemente que el arte y el pensamiento, si es que aún se decide entablar una diferenciación entre ambos términos, construyen y designan nuestro lugar espiritual y cultural, es decir, nuestro ser en cuanto individuo así como en cuanto sociedad, y estas sí son auténticas riquezas por las que merece la pena formarse –incluso- en la inutilidad. Tengamos en cuenta que la respiración no se mide, no se pesa, no da lugar a un producto tangible ni útil en cuanto a materialización del trabajo. Sin embargo sería imposible vivir sin ella. Se os propone que obviéis la inhalación, la exhalación y la hematosis y os dediquéis simplemente a respirar, de forma que, como bien diría Federico, veáis “la ciencia con la óptica del artista, y el arte, con la de la vida”[6].

Así que la próxima ocasión que se os pregunte acerca de la utilidad de lo que hacéis o estudiáis, si bien seguramente no os entiendan, podéis contestar con orgullo y gran dignidad: ‘Ante todo, soy un Respirador. No tanto útil, como imprescindible’. ■


[1] ORDINE, N., La utilidad de lo inútil, Acantilado, Barcelona, 2013, p. 9.

[2] ORDINE, N., Op. Cit., p. 28.

[3] ROMÁN, R., La terapia de lo inútil, Cántico, Córdoba, 2014, p. 9.

[4] Cfr., NEWMAN, J.H., Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria, Eunsa, Navarra, 2011.

[5] CABANNE, P., Conversaciones con Marcel Duchamp, Anagrama, Barcelona, 1984, p. 64.

[6] NIETZSCHE, F., El nacimiento de la tragedia,  Alianza, Madrid, 1990, p. 28.

 

Imagen: ‘Tonsure’, retrato de Marcel Duchamp por Man Ray (1919).