DIBUJAR EN EL AGUA: REFLEXIONES SOBRE EL ARTE ÚTIL PARA LA VIDA PÚBLICA

dibujar en el agua
Bruce Nauman | Dance or Exercise on the Perimeter of a Square (1967-68).

Proclamaba Thoureau al evocar sus paseos por las praderas de Norteamérica: “¡Todo lo bueno es salvaje y libre!”. Tanto él como otros pensadores, filósofos, ideólogos y religiosos, como Baudelaire, Benjamin, Nietzsche, Kant o Gandhi, elogiaron el acto de caminar como un acto de rebeldía y una proclama de Libertad[1].

En sí, caminar es un acto cotidiano al que nos vemos supeditados. Caminar para alcanzar la meta, llegar antes, conseguir los objetivos en tiempo, obtener resultados. El hecho de caminar supeditado a los ritmos de la ciudad. ¿Por qué no caminar por el placer de hacerlo? No sujetos a un fin sino más bien al disfrute de andar, solos o en poca compañía. El acto de caminar no impide que se hagan otras cosas. Es más, tomar esta actitud implica asumir la idea de Thoureau y por tanto, desligarnos del sometimiento, de la obligación de estar supeditados al hecho.

Andar y andar los caminos es también síntoma de salud, la del cuerpo, y sobre todo la mental. Nos rebelamos ante la pasividad y el bloqueo que produce estar parados, sentados. Caminar supone moverse pero a su vez recorrer y por supuesto hacer camino. Ni más ni menos. No sería el primero que admite que al andar pensamos de otra manera. Entramos en un estado imaginativo activo.

Por otra parte, nos empecinamos a usar la lógica y la razón para resolver los problemas, para encontrar soluciones a problemas. Para entretenernos en ese raro efecto que nos producen. Nos gusta contemplarlos, analizarlos, comentarlos, darles vueltas y vueltas, provocando lo que los psicólogos denominan “Parálisis por análisis”. Entramos en un extraño estado de pensamiento donde el problema es nuestra razón de ser: “Tu problema no es nada, ¡Espera a que te cuente el mío!”

En un acto de humildad conviene también reparar en “La insuficiencia del conocimiento humano para conseguir la ‘inspiración divina’, o penetrar en los secretos de la Naturaleza” (Charles Heaton, 1977), igual así dejamos de aferrarnos sobre ese o aquel problema en una manera de estar en el mundo que conduce a ese estado de inactividad propia de la Melancolía rationalis o la mentalis (Agrippa de Nettesheim. De Occulta philosophia).

Pasear en cambio, es echar a andar y en ese momento, relegamos el pensamiento lógico, poco a poco, para pasar a la acción, en un estado de melancolía esta vez imaginativa y ágil. El problema, que es el andar, se convierte en solución. En acto inmediato, y de repente solo brotan soluciones. Imaginar constantemente, e incluso provoca que lo imaginativo se convierta en lo real incluso que adquiera vitalidad. Ser en el mundo.

Parece que en cierto modo nos hemos olvidado de andar, de caminar, de pasear, de elegir nuestro propio camino. En los 60’ y los 70’ andar y caminar fue el leitmotiv de muchos autores, desde R. Long a Hamish Fulton, desde Nauman a U. Rückriem. Andar y en el andar estar haciendo. Dejando que una cosa constituya la otra, sin que queden segregadas, más bien fundidas. En un nuevo intento de acercar el hecho imaginativo del arte a la vida misma. Trabajar en ese lugar donde suceden las cosas mientras suceden.

Aquellos artistas lograron de algún modo alejarse del espacio pre-fabricado. De la asepsia, del espacio en blanco, del cubo ideo-lógico. Un espacio lejano de la vida cotidiana y donde se muestra encapsulada, mercantilizada.

Hoy artistas como Tania Bruguera con su proyecto Immigrant Movement International, o iniciativas como las del Queens Museums Of Art, muestran que más bien el papel del arte ha de ser negar su papel para pasar a actuar como servicio social en esa fina línea en la que se combina ese papel del arte, -si es que lo tiene-, con el trabajo para con la sociedad cercana. Un nuevo intento de cuestionar la utilidad del arte, de definir un “arte útil”[2].

En Queens se suplanta el lugar de contemplación y ocio por los espacios de producción, intercambio, colaboración y solidaridad en centros de participación y estímulo ciudadano.

Muchas de las acciones que realizamos, de los momentos que vivimos, de las palabras que decimos, de los pensamientos que trasmitimos, no adquieren forma. No se trasportan en materia alguna. Es más, parecen desaparecer. Se desvanecen. Simplemente suceden. En la calle, en las aulas, en los foros, en los debates, en las reuniones de alto o bajo nivel suceden continuamente cosas, que no adquieren de modo inmediato forma. Se construyen y desvanecen en el mismo momento que se desarrollan. En muchas ocasiones salimos de esos lugares con la sensación de no haber llegado a conclusión alguna, -a ninguna parte-, probablemente por no ver ningún producto.

Como solución más bien deberíamos no hacer nada para que sea la esfera pública y nuestras acciones cotidianas las que constituyen nuestro hacer público. Aceptar que lo que hacemos más bien se parece a un dibujo en el agua. Un trazo que no podemos fijar. Que se desvanece mientras se realiza. Si bien, un gesto que genera otros elementos a su alrededor: ondulaciones, que provocan otras alteraciones, que llegan a la orilla y rebotan en las cosas, que suenan y reverberan, destellan, salpican. Probablemente tan solo necesitamos dibujar en el agua para construir o modificar la materia y la esencia de las cosas. Comunicar con lo inmediato, con lo que uno halla, sin añadir más que lo que encuentra, lo que tiene a la mano, lo que sucede mientras sucede. Echar a andar. ■


[1] C. GARCÍA GUAL, “Pasear y Pensar”. Diario El País, Babelia. Ed. digital. 29.12.2014

[2] Marina OTERO, “Arte útil en Queens”. Diario El País. Ed. digital. 12.02.2013

 

 

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