CUARTO Y 1/2 DE ARTE: EL DESPOTISMO DEL ESPECTÁCULO

cuarto y mitad
© Guillermo Ramírez.

Es llamativo que un artista cargue contra el propio valor de sus piezas. Este acto de sublevación ante la diosa Pecunia ha molestado a muchos de aquellos que se postran ante ella y la belleza del verde dólar. Gerhard Richter ha sido el valiente hidalgo que se ha levantado frente a tamaño gigante. Irónicamente, el artista vivo más cotizado capitanea esta marcha. Este hecho me ha llevado a preguntarme: ¿Hemos dejado esto del mercado del arte en manos de especuladores?

Si abrimos las páginas de cualquier diario de tirada local, nacional o internacional podremos observar en la sección de arte –si es que la tienen-, el grotesco espectáculo que supone ver cifras de más de ocho dígitos o estadísticas de visitas a tal o cual institución cultural. Datos y más datos, vacíos claro está. Sólo dinero que va, dinero que viene; visitantes que van, visitantes que vienen, y competiciones de algunos gestores culturales de ciertas instituciones peleándose por ver quién tiene más larga la cola (de visitantes, evidentemente). Los medios se hacen eco de la noticia estrella, bizarra que con suerte (mala), aparecerá entre los destacados de la portada. Si indagas un poco más no encontrarás nada de formación ni de información, sólo una numerología al servicio de lo exorbitado. Éstas ‘técnicas’ lejos de acercar al público al arte contemporáneo lo alejan, dejándolos solo en el estadio de lo anecdótico, sin llegar a conocer ni al menos un ápice de lo que significa la contemporaneidad y su ligazón con el arte.

Tampoco ayudan las programaciones de algunas instituciones, diseñadas por y para el gusto del cliente. Nada de divulgación, todo de espectáculo. El ‘despotismo del espectáculo’ ha llegado. Guy Debord ya planteaba lo que sería esta sociedad, y bastante acertado estuvo.

Elena Vozmediano escribió esto a colación de las exposiciones espectáculo:

Rogelio López Cuenca nos ha enseñado a oler a distancia la picassización de Málaga y este es un caso flagrante de utilización turística de esa “personalidad magnética” que tan bien funciona para atraer al visitante. En particular, al crucerista.

Así pues, estamos hablando del mercado del arte, esa zona pantanosa donde si te atreves a entrar debes tener presente que puede haber monstruos modernos, culebras cool u orcos hipsters alardeando del último postureo. El mayor riesgo del artista es olvidarse que lo es y convertirse en el productor de objetos de lujo, un títere al servicio de corruptos, millonarios kitchs y especuladores. Evitando una mirada infantil y utópica aceptamos que el mercado del arte debe existir, es necesario, pero sería interesante reflexionar sobre los límites del mismo, qué porcentaje de participación –usando términos económicos- debe poseer en el proceso artístico y qué finalidad debe tener. Esta historia no es nueva, lleva siglos en nuestras reflexiones, empezando por la figura del mecenas que en muchos casos se adueñaba de la voluntad creadora del artista por el precio de una obra. Un intercambio desequilibrado en exceso que el autor, a veces, aceptó con el mero fin de por poder llevarse algo a la boca. Por suerte, el artista siempre ha sabido subvertir estos inconvenientes, y con mayor o menor grado de sarcasmo, ha devuelto tamaño golpe a su empleador mediante iconografías o simbologías ocultas.

La cuestión es si es posible revelarse al mercado del arte más feroz. Duchamp lo hizo, Piero Manzoni lo hizo, Camnitzer lo hizo, y muchos de los artistas de la contemporaneidad lo han hecho. Otros han sucumbido ante “el poderoso caballero don Dinero” que tan nítidamente definió Quevedo. Un triste ejemplo de ellos es lo que le ha ocurrido a la artista Marina Abrahamovic. Tras tres décadas de activismo artístico digno de alabanza y reconocimiento ha sido atraída por el lado más frívolo del arte. Una performance se trata de un acto anti-mercado por definición, el temor para cualquier ‘tiburón’ del mercado del arte ya que es una manifestación artística difícil de cuantificar, cosificar y vender. Es puro caos inmaterial. Sin embargo, la mente del crítico o marchante -fieras del comercio- encontraría la forma de encauzar estas ovejas descarriadas de nuevo al redil. La solución es sencilla: serializando el material documental obtenido previamente o con posterioridad a la acción para comercializarlo más tarde. De este modo, la obra performativa se convierte en una actividad mercantilista contradictoria a la esencia misma de la pieza ideada -o no-.

Parece que se nos impone la idea que para ser artista hace falta vender. Camnitzer nunca se preocupó por vender ninguna pieza, él siempre ha preferido el aula de una Universidad a una galería, y es artista. Hasta el mismo Van Gogh sólo llegó a vender una obra en vida –aunque curiosamente sus obras están en el Top Ten de las más caras en subasta-, y a nadie se le ocurriría decir que no es artista. Así que, ¿de verdad hace falta vender para ser artista? Vender no es el problema, el verdadero quid de la cuestión es la especulación que parasita a este acto.

Manzoni fue uno de los artistas que presentaron mayor batalla contra el mercado. Buscaba dinamitarlo desde dentro con grandes dosis de humor y acidez. Sus latas de Mierda de artista se convirtieron en objeto de colección al que los ‘afortunados’ compradores accedían pagando el módico precio de su peso en el valor al que cotizase el oro en esos momentos. La apuesta fue completa, y la demostración del poder corrosivo del mercado también. Las latas se vendieron a pesar de que su contenido nunca fue descubierto –aunque las malas lenguas dicen que las latas en verdad no poseían el contenido que decían tener-. Al igual que esta archiconocida obra se hace imprescindible ver el resto de obras que este risueño italiano hizo y que reflexionan sobre la autoría o el poder del mercado.

En el otro lado de la moneda se encuentran los artistas amontonadores de fortunas, los nuevos ricos que han usado el arte como trampolín para su ego. Encabezan esta funesta lista los tan amados por algunos -como odiados por otros- Jeff Koons y Damien Hirst. ¿Quién no querría en su centro de arte o su galería un hermoso Puppy o un magnífico tiburón disecado? Eso sería muy rentable. Rentable económicamente, sí, pero nada más. Ajenas a experiencias artísticas aparecen en instituciones como ejemplo de ostentación, trofeos de miles de millones que se exhiben para honra y gloria de su dueño.

Publicidad, amontonar largas colas, coleccionar visitantes, amasar críticas y reviews, esa es una de las principales caras que muestra el mercado del arte hoy día. Dentro de poco –por no decir que está más cerca de lo que creemos- nos encontraremos con situaciones tan surreales como acudir al mercado -de arte- y en el puesto más cercano pedirle al tendero:

-Perdone, ¿me pone cuarto y mitad de tiburón?… voy a venderlo por dos millones y medio de euros. Gracias. ■

 

 

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